| Por
curiosidad introduzco la palabra paradero en un famoso buscador, cuyo
uso empieza a convertirse en abuso preocupante, sin embargo, sigo empleándolo
como si se me fuera la vida en ello. Cual es mi sorpresa que el todopoderoso
buscador me informa de que la primera entrada que se me ofrece es una
página web.
Paradero seguido del dominio “com”, es el nombre de la página.
Por fisgonear, accedo a este espacio virtual. Resulta ser una guía
de recursos y de información a la comunidad hispana sobre la
fragante y sin embargo pestilente, ciudad de New York. No me entretengo
mucho en la página dado que la decepción es inmediata.
¿Se han preguntado qué es un paradero? ¿Sólo
un área de servicio? A pesar de los aparcamientos, los garajes
o los parques que en ocasiones se ven convertidos en auténticos
ejércitos de automóviles, también existen los paraderos.
Si atendemos a la definición que nos da el diccionario, un paradero
es un lugar o sitio donde se para o se va a parar, es el fin o término
de algo. Pero, qué quieren que les diga... no me conformo con
pensar que un paradero es un sitio donde “se para”. Puede
parecer absurdo en primer término. Prefiero otra definición
que nos la da, la siempre sabia, madre experiencia.
Decía que también existen paraderos, esos espacios necesarios
para reposar durante nuestros viajes, o durante nuestra vida. Conducimos
nuestras vidas a través de autopistas vitales hasta que entramos
en algunos de estos espacios –a veces virtuales o utópicos-
y empezamos un nuevo recorrido por carreteras secundarias. Entonces
se convierten en divanes de tranquilidad que ofrecen una visión
distinta, a veces hipócrita y diferente de nuestra vida, garantizándonos
un poder especial y un anonimato esencial a nuestra identidad prefabricada
y en ocasiones inexistente.
Cada vez que hacemos un alto en nuestro camino nos sentimos embajadores
que acaban de encontrar su patria, conquistando sin licencia un territorio
que podíamos llamar libertad, otras veces no llegamos ni siquiera
a nombrarlo. Es una patria flotante, pues al pasar dos, quince, veinte
minutos decidimos traspasar la frontera y volver al río gris
y oscuro que marcará el fin o el principio del trayecto, dado
que es decisión nuestra. Es entonces cuando el paradero vuelve
a ser despoblado para prepararse a recibir a los próximos habitantes
efímeros, que dispuestos a dejarse seducir por ese lugar, tierra
de nadie, optarán por repetir la misma experiencia que nosotros
o comerse el bocadillo que esconde su vehículo.
Los paraderos no escapan a ninguna regla. Paramos unos minutos y deseamos
que durante nuestro viaje, haya cambiado algo de nuestra eterna rutina,
aunque sólo sea el vecino del cuarto. Hay personas que deciden
quedarse, crees entonces haber encontrado la luz que puede llevarte
a la carretera secundaria donde desaparecen las magníficas farolas
estándar de las autopistas que tanto deslumbran e impresionan.
El punto de llegada empieza a importar más que el punto de partida.
El orden alfabético común que rige nuestro entorno desaparece.
¿Significa que estamos desordenados? No me atrevo a responder,
por no anticiparme a dar una afirmación ordenada.
Cada vez hay más paraderos, y no precisamente porque el Ministerio
de Fomento se haya puesto manos a la obra, sino porque aquéllos
que andan por autopistas deciden apearse y optar por una carretera de
piedras, cuyo final aún desconocen. Existe una constante búsqueda
por saber del mañana, sin embargo, es todo un éxito dejar
que sea el mañana quien marque el presente, claro que conseguir
esto es lo difícil. Yo por mi parte voy a buscar otra palabra
en el buscador.
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© sonia oquendo romero:: habla@yambria.org
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