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los recicladores


:: luís sacristán::

Ya no hay casi coches por las calles, y poca gente ya transita por las aceras. La ciudad esta en calma y casi todas las personas están durmiendo.
Por la noche, al regresar tarde, me dirijo por la puerta trasera del complejo de viviendas donde resido. No tiene nada de particular ni especial. Simplemente una valla y una entrada.
Lo que ocurre dentro pasa en todas las partes del mundo. La gente vive, las plantas respiran, y, a estas horas, todo esta en paz. Es lo que hay mas allá de la valla lo que captura la atención de todos los que pasamos por ahí a estas horas.
Ya desde bien al fondo de la calle que da acceso a esta puerta trasera se percibe un olor fuerte, podrido y húmedo. Sin lugar a dudas, es el característico de la basura que se esta descomponiendo. Levantas la cabeza y ves unos montones negros y varias figuras pululando por alrededor. A cada lado, lujosos edificios que hacen un contraste con la estampa de la calle.
Paso por la entrada al garaje subterráneo, donde abunda el Mercedes y el BWM, además de otros coches de tan reconocida reputación. Las siluetas se van tornando figuras, y el olor sigue invadiendo el área. El contraste empieza a notarse a medida que se van tornando los montones negros en bolsas de basura apiladas.
Pienso a medida que me voy acercando.
A la derecha, tras la valla del complejo, al lado de la puerta de entrada, hay un cuarto en el que se almacena a diario todas las bolsas de los 5 bloques de 34 pisos cada uno. Cada piso tiene 2 bolsas para las 8 casas viviendas. No son casas masificadas. Es una zona rica, por lo que cada casa alberga una familia, 3 a 5 personas. Me salen muchas bolsas. Además, hay otros objetos que los antiguos propietarios ya no quieren. Lámparas, sillas, mesillas, plantas. Todo vale.
Consigo ver a las personas que se encuentran allí. Es pasada medianoche, y su jornada laboral ha comenzado. La mujer y el hombre destripan las bolsas, separando cada uno de los elementos que se aglutinan dentro. Su pequeño, por el cual siguen luchando, yace tumbado en un colchón, cubierto por una mosquitera para evitar ser picado. Ninguno de los tres se da cuenta del olor. Es una costumbre adquirida a diario, durante un tiempo que no soy capaz de calcular. Buscan materiales reciclables que puedan llevarse y vender. La comida no sirve. Las plantas están viejas, pero pueden servir para decorar la casa de algún amigo. El papel, aluminio y demás materiales que puedan servir para una futura ocasión son su objetivo.
No es la primera vez que los veo. Llevo ocupando una casa allí varios meses, y he podido observarlos en diferentes momentos del proceso.
Lo primero es sacar las bolsas del cuarto. Fundamental. Luego se separa lo que no esta en ellas y que puede ser útil. Finalmente, y por un periodo de tiempo prolongado, hay que trabajar sobre las bolsas, intentando que no se desparrame todo por el suelo, para posteriormente, poder apartarla y continuar con otra. Por ultimo, todo lo recogido debe quedar amontonado. A las 6 llega el camión de la basura que se llevara todo lo que no haya sido separado. Y no se retrasa, y tampoco concede favores. Hay un horario y una ruta. Esté como esté la basura.
Pero supongo que el tiempo de experiencia les ha dado una destreza especial, y muchas veces, volviendo de marcha, antes del camión, ya están sentados todos juntos en el colchón, con la faena hecha, y preparados para llevarse todo en el carro que aparcan enfrente del habitáculo, al lado del chico. Luego, queda irse a las zonas de almacenamiento, para vender a peso lo recopilado esa jornada. Por desgracia, esto no es suficiente para poder quitarles de tener que seguir viniendo cada día a ordenar y recoger lo que otros desperdiciamos.




 


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