|
El cielo es azul. Un azul tan intenso, tan profundo. Entrecierro mis
ojos y me parece ver solo este color. Hace una temperatura agradable.
Se puede sentir por todos lados que llegó la primavera. Esta
estación es por excelencia mi favorita, porque todo se despierta
y si no se despierta en primavera, no se despertará jamás.
Y esta misma teoría la aplico también al amor.
Tengo todavía una hora de espera y de repente me veo sola en
una ciudad que me es tan familiar y que quiero mucho. A veces me asaltan
estos sentimientos y en ese momento siento que me crecen las alas y
voy a volar, para encontrar un alma que me haga compañía
o que yo le acompañe. También ahora sentí que me
crecieron mis alas. Abrí el paquete de frutos secos y comencé
a picotear.
Sentada ahí frente el mar me transporté al otro lado del
planeta, donde la arena también es fina. Donde no se escucha
el mar, sino el viento que juguetea con las dunas. Aterricé sin
problemas en frente de una jaima. Esta jaima solitaria en el medio del
desierto me sorprendió. No tanto por el lugar donde se localiza,
sino que nunca imaginé que solo se puede llegar a estar. En un
momento se me apretó el corazón, porque me inundó
un sentimiento de desesperación.
“Porqué, me tuve que ir justamente al desierto en este
viaje?” me pregunté. Normalmente elijo mis vuelos a urbes
llenas de gente, ruido, luces, historia, contaminación. Ciudades
que visité o que imagino como son. Ahora es la primera vez que
me voy donde no hay nada. Sólo una jaima y mucha arena, y quien
sabe si hay gente. Parada ahí, regañándome y mirando
a mi alrededor, me comencé fijar en los colores.
“El cielo esta igual de azul, como en la playa, y las dunas llegan
a parecerme rojas.”
“Fue por el cielo, por lo que estoy aquí, ya lo entiendo.”
concluí.
“Estoy absolutamente capacitada para resolver problemas de importancia
mundial!”
“Sé que ahora exagero un poco, pero siento que me es permitido
ya que no me escucha nadie!”
De repente de la jaima salió un hombre. Vestido en una túnica
azul, con su turbante en la cabeza. Le sonrío en señal
de un saludo. Supongo que entenderá que estoy un poco perdida
y que vengo en paz. Mis alas se esfumaron, siempre me sucede cuando
aparece alguien desconocido. Nadie sabe este secreto mío. Nadie
sabe que puedo volar.
El hombre me miró con sus ojos grandes y sonrió también.
Sus ojos profundos causaban que me salte la carne de gallina. No he
visto nunca ojos así, ojos que se te clavan y tu quedas hipnotizado
y no puedes dejar de mirarlos. Parecía embrujada, los pies se
me hicieron de plomo.
“Bueno el primer contacto fue realizado con éxito, ahora
como puedo comunicar con él?”, pensé.
No era necesario hablar, se acercó y me miró con detención.
Observó cada centímetro de mi ente. Se dio vuelta alrededor
mío y aspiró el olor de mi pelo. Sonrió de nuevo
y ahora pude ver el blanco de sus dientes que contrastaba con el color
de su cara. Después se dió media vuelta u se marchó
a la jaima.
Me quede ahí parada frente la jaima, esperando que pasará.
Parada en el sol, con los ojos entrecerrados mirando al cielo azul.
Después de unos instantes, el hombre apareció de nuevo,
parecía sorprendido que me ve todavía ahí, en el
mismo lugar.
“Así que no estoy loco!” gritó de repente.
“No estoy loco! No estoy loco! Mis sueños se cumplieron,
estás aquí!” decía estas frases y se acercaba
cada vez más y más. Ya estaba a tres pasos de mi y de
repente se paró y extendió sus brazos. En ese momento
me percaté que tiene unas manos finas y grandes, unas manos que
me recordaban a mi padre. Sus brazos permanecían extendidos y
yo no sabía que hacer. Temía que al darle un abrazo mi
poder de volar se esfumaría para siempre.
Conseguí dar el primer paso y sentí su mirada en mí.
Una mirada muy dulce, de alegría, de paz. Cuando di el segundo
paso, su cara se me hizo familiar. Después del tercer paso, nos
dimos un abrazo muy largo y fuerte; y me comenzaron a correr las lágrimas
por las mejillas. El tiempo se paró para mí y lloré
mucho. En ese momento mi alma vació todo lo acumulado durante
esos años de vuelos a lugares mágicos, lejanos y con mucho
ruido. Sentí como mi habilidad de volar me estaba dejando y como
mi corazón se llenaba de paz. El vacío que tenía
en el corazón se llenaba de ese color azul y mis lágrimas
que han caído al suelo hicieron brotar flores en el suelo. En
un instante había a nuestro alrededor una alfombra de flores
de color azul y rojo. En ese momento lo entendí todo, el destino
me hizo un regalo mágico, ahora ya tendré un lugar donde
volver.
[volver
al index]
© ::gladys tapia:: habla@yambria.org ::
barcelona:: 2006
|