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En el aeropuerto de Barajas un hombre, pequeño y escuálido
para más señas, y vestido de negro como una cucaracha
viuda, se quejaba amargamente ante un policía impávido
de que le habían robado el maletín, y de que su contenido
era valiosísimo para él. Mientras el policía bostezaba
ante el hombre pequeño, el maletín cerrado iba en un asiento
de primera clase hacia Méjico, de la mano de un carterista retirado
al cual había seducido su exterior de piel negra brillante. Al
llegar a la aduana de Méjico, un agente llamado Juancho Gálvez,
más pobre que las ratas y con menos conciencia que dinero, le
requisó el maletín por exceso de brillo y dejó
al carterista con un palmo de narices. Juancho Gálvez volvió
a su casa y, al entrar, sus veinte hijos se le subieron a la espalda
pidiéndole comida a gritos. Como Juancho Gálvez no llevaba
comida, sus veinte hijos se lo comieron a él, dejando únicamente
las rodillas y el maletín, que era muy duro. La mujer de Juancho
Gálvez, Valentina Gálvez, al verse sin marido y sin ingresos
cogió el maletín y fue a venderlo a la feria del pueblo,
donde se agolpaban en torno de nueve puestos nada menos que cien mil
personas. En la feria, una mujer gorda y vestida con pieles de animales
en peligro de extinción se encaprichó del maletín
y pensó que sería un regalo estupendo para su marido,
un ejecutivo aburrido y estresado que ni siquiera se reunía para
no perder tiempo. La mujer gorda volvió a su mansión ajardinada
y al entrar en la habitación se encontró a su marido en
la cama con su monitor de tenis, Luisito Hidalgo. Indignada ante tan
pésimo gusto, la mujer le tiró el maletín a la
cabeza y se fue a acostarse con el mayordomo, mucho más guapo
a su entender. El maletín, entre tanto, rebotó en la cabeza
de Luisito Hidalgo, que era un individuo de seso duro, y salió
volando por la ventana, abierta por el excesivo calor de la época.
Terminó en el jardín, donde lo vio el jardinero, un tipo
viejo y silencioso al que pagaban por ahuyentar a las moscas de la comida
de los señores, además de por regar las flores. El jardinero
cogió el maletín, rompió los cierres con el azadón
y lo abrió. De dentro salió un ectoplasma dorado con la
forma de un hombre pequeño, escuálido y vestido de negro
que se quejaba amargamente ante un policía. El jardinero cogió
el ectoplasma, lo metió en un saco y lo usó como abono
para los pensamientos.
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