perdido perro pequeño

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cuento encadenado


::daniel pérez espinosa::


En el aeropuerto de Barajas un hombre, pequeño y escuálido para más señas, y vestido de negro como una cucaracha viuda, se quejaba amargamente ante un policía impávido de que le habían robado el maletín, y de que su contenido era valiosísimo para él. Mientras el policía bostezaba ante el hombre pequeño, el maletín cerrado iba en un asiento de primera clase hacia Méjico, de la mano de un carterista retirado al cual había seducido su exterior de piel negra brillante. Al llegar a la aduana de Méjico, un agente llamado Juancho Gálvez, más pobre que las ratas y con menos conciencia que dinero, le requisó el maletín por exceso de brillo y dejó al carterista con un palmo de narices. Juancho Gálvez volvió a su casa y, al entrar, sus veinte hijos se le subieron a la espalda pidiéndole comida a gritos. Como Juancho Gálvez no llevaba comida, sus veinte hijos se lo comieron a él, dejando únicamente las rodillas y el maletín, que era muy duro. La mujer de Juancho Gálvez, Valentina Gálvez, al verse sin marido y sin ingresos cogió el maletín y fue a venderlo a la feria del pueblo, donde se agolpaban en torno de nueve puestos nada menos que cien mil personas. En la feria, una mujer gorda y vestida con pieles de animales en peligro de extinción se encaprichó del maletín y pensó que sería un regalo estupendo para su marido, un ejecutivo aburrido y estresado que ni siquiera se reunía para no perder tiempo. La mujer gorda volvió a su mansión ajardinada y al entrar en la habitación se encontró a su marido en la cama con su monitor de tenis, Luisito Hidalgo. Indignada ante tan pésimo gusto, la mujer le tiró el maletín a la cabeza y se fue a acostarse con el mayordomo, mucho más guapo a su entender. El maletín, entre tanto, rebotó en la cabeza de Luisito Hidalgo, que era un individuo de seso duro, y salió volando por la ventana, abierta por el excesivo calor de la época. Terminó en el jardín, donde lo vio el jardinero, un tipo viejo y silencioso al que pagaban por ahuyentar a las moscas de la comida de los señores, además de por regar las flores. El jardinero cogió el maletín, rompió los cierres con el azadón y lo abrió. De dentro salió un ectoplasma dorado con la forma de un hombre pequeño, escuálido y vestido de negro que se quejaba amargamente ante un policía. El jardinero cogió el ectoplasma, lo metió en un saco y lo usó como abono para los pensamientos.


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© ::daniel pérez espinosa:: habla@yambria.org :: madrid:: 2006